Nada suple el pensar por sí mismo. Precisamos de los demás, pero en definitiva se trata de labrar el propio pensamiento, el criterio que nadie ha de tener por nosotros. Lo que los demás nos ofrecen puede servirnos de compañía, de estímulo, puede ampararnos, abrirnos a horizontes imprevistos, desplazarnos de nuestra posición inicial o darnos motivos, fuerzas y argumentos para incidir en lo que pensamos. Y sin duda que lo necesitamos, pero es cuestión de que nadie, jamás, piense en nuestro lugar.
Presuponer que los otros son incapaces, carentes de juicio o de facultades de discernimiento, reducirlos a una permanente minoría de edad, parecería autorizarnos a dictar lo que ha de concebirse o hacerse en cada caso. No faltan quienes sentencian lo que corresponde pensar. Cosa bien diferente es expresar lo que uno considera más acertado o adecuado y defenderlo y hacerlo valer con buenas razones.
La supuesta comodidad que podría inducirnos a dejarnos llevar por lo que se viene diciendo o contradiciendo, incluso la priorización de los asuntos y la determinación de lo que habría de importarnos, no hace sino procurarnos formas más o menos sofisticadas de sumisión. Y, en efecto, pensar no es una actividad de tiempo libre, una tarea para desocupados, o para destacados dirigentes. El pensamiento y la libertad están tan íntimamente unidos que es precisamente lalibertad de pensamiento la que nos constituye como quienes somos.
Solo así somos capaces de responder, y en esa medida de participar en una verdadera conversación y, en su caso, controversia, o mostrar la fuerza no solo de la dicción sino de lo que supone la contradicción. El espíritu crítico no ha de requerirse imperiosamente y al dictado y, menos aún, presuponiendo que quien lo impone lo tiene, mientras el resto merecen consignas e indicaciones. Incluso, permanentes recetas. En última instancia, para adherirse.

