domingo, 22 de junio de 2014

Michel Foucault. Que surjan libremente las preguntas.




"¿Qué no se ha dicho sobre esta sociedad, hipócrita, pudibunda, avara de sus placeres, empeñada en no reconocerlos ni nombrarlos?  ¿Qué no se ha dicho sobre la pesada herencia que ha recibido del cristianismo el sexo-pecado?  ¿Y sobre la manera como el siglo XIX ha utilizado esta herencia con fines económicos:  el trabajo antes que el placer, la reproducción de las fuerzas antes que el puro gasto de energías?  ¿Y si hubiera en el centro de la política unos mecanismos muy diferentes, no de rechazo y ocultación sino de incitación?  ¿Y si el poder no tuviera como función esencial decir no, prohibir y castigar, sino ligar según una espiral indefinida la coerción, el placer y la verdad?".  

  
  Estos interrogantes, con los que en 1976 Michel Foucault presentaba su último texto, individualizan ese estilo peculiar de pensamiento que le caracteriza como uno de los filósofos más controvertidos de los últimos tiempos.  Sus obras nunca han dejado de levantar amplias polémicas en los dominios que ha tomado como objeto de análisis.

  Todo su arte está atravesado por una profunda impertinencia:  negarse a aceptar las normas de cortesía filosófica que restringen el dominio de lo que puede ser interrogado dentro de unos marcos estrictos y convierten el pensamiento en un juego de problemas "bien planteados".   "Todo problema verdadero -escribe irónicamente en Theatrum Philosophicum- debe tener una solución, pues estamos en la escuela de un maestro que no interroga más que a partir de respuestas ya escritas en su cuaderno;  el mundo es nuestra clase."

  El maestro siempre tiene las respuestas sensatas, aquellas que acallan todas las preguntas, que impiden seguir preguntando.  Un buen maestro debe ser hábil y no admitir réplicas --un poco importa si responde realmente o si nos quita las ganas de seguir preguntando--.  Pero, ¿y si nos negáramos a aceptar la obvia y boba sensatez de una sola de sus respuestas y siguiéramos interrogando, preguntando?  ¿Y si entendiéramos que en ello estriba precisamente el ejercicio de la filosofía?

  Desde su primera obra, Michel Foucault ha llevado a cabo un ejercicio semejante:  suspender la validez de algunos de los grandes tópicos que encofraban un dominio dado y dejar que surgieran libremente las preguntas.  Es cierto que, en algunas ocasiones, ha sido objeto de rápidas trivializaciones y su pensamiento se ha visto reducido a una apretada colección de slogans (antes fue el tema de "la muerte del hombre";  hoy es el Poder, como panacea analítica de alcance universal), pero también lo es el que Focault, hasta el momento, nunca se ha detenido a escolarizar su pensamiento, sino que ha continuado elaborando ese dispositivo que constituye su obra:  una máquina de interrogar nuestra cultura.

  El texto anterior pertenece al prólogo del libro de Foucault "Un diálogo sobre el Poder" y pertenece a Miguel Morey.  Nos invita claramente a no conformarnos y continuar haciéndonos preguntas sobre nuestra situación actual.  Pues entonces sigamos interrogando y dudando, pensando por nosotros mismos.  No nos conformemos con la información que los grandes medios de comunicación nos muestran.

  Hasta la próxima.  superFeRaD.

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