miércoles, 25 de junio de 2014

¿Eran los dioses de la antiguedad seres extraterrestres?



 ¿Qué ocurriría exactamente en un planeta, ignorante de todo progreso técnico, sobre el que viniera a aterrizar una nave espacial   ¿Cómo se comportarían lugareños o soldados ante tan formidable aparición?  ¿Cuál sería la reacción de sacerdotes, escritores, reyes o cualesquiera miembros de la aristocracia intelectual de dicho planeta?


  Algo prodigioso ha sucedido.  Los cielos se abrieron.  En medio de un estruendo espantoso unos seres extraños descendían dentro de una morada resplandeciente que se deslizaba sobre una especie de rayo de fuego:  eran dioses, sin duda.  Estupefactos y temerosos, los "nativos", al abrigo de un seguro refugio, contemplaban a los recién llegados que se movían con dificultad dentro de sus pesadas indumentarias.  Los habitantes de este planeta sólo conocen la luz que alumbra sus propios hogares, la que despiden las lámparas de aceite o las antorchas.

  Y aquí, ante sus ojos cegados por el nuevo resplandor, la noche se torna más clara que el día:  los extranjeros disponen a su antojo de soles divinos (los cosmonautas instalan un grupo de focos).  Ven también como esos seres provocan estallidos que agrietan la tierra, señal inequívoca de su dominio de fuerzas reservadas a los dioses (se trata de una ordinaria explosión experimental para investigar las posibles riquezas del subsuelo).

  Luego los intrusos comienzan a lanzar rayos a su alrededor (operan con rayos láser).  Ahora los atónitos espectadores apenas pueden dar crédito a lo que contemplan sus ojos:  ante ellos, con estrépito ensordecedor, se eleva una auténtica nave celeste que lo mismo se desliza sobre la superficie de las aguas que se yergue sobre las cumbres de las montañas o desaparece entre las nubes (se ha puesto en marcha un helicóptero).

  Al propio tiempo oyen una voz poderosa y profunda, la voz de un dios cuyos ecos resuenan hasta perderse en la lejanía (es el comandante que transmite sus órdenes por altavoces).  

  Estas son las impresiones que tal espectáculo provoca en los habitantes de ese planeta adonde aún no han llegado los progresos de la técnica.  Naturalmente, relatan a sus hijos y a sus descendientes lo que vieron.  Naturalmente también lo plasman y narran en sus inscripciones, no sin adornar los hechos con arabescos y símbolos religiosos. 



  Transcurren milenios.  Hombres de ciencia encuentran e interpretan dichos escritos.  No comprenden los acontecimientos que se narran en ellos:  soles divinos, rayos que levantan la tierra, naves celestes...
  Nuestros antepasados debieron sufrir alucinaciones, sin duda fueron víctimas de algún extraño desvarío que les hizo ver visiones sin sentido, puesto que no puede ser lo debe ser, y como a pesar de todo los relatos han de ordenarse sistemática y coherentemente, los especialistas no vacilan en recurrir a las más osadas fantasías para hacer que estas incómodas "apariciones" resulten por lo menos algo plausibles, de modo que el mundo pueda "creer" en ellas.

  Es preciso apelar a religiones, cultos extraños, ideogramas, etc., o incluso inventarlos ad oc, cuando los datos disponibles no encajan en ningún número de nuestro catálogo.
  Y cuando por fin los antiguos textos se ajustan a estas teorías "científicas", se nos obliga a creer dogmáticamente en la "interpretación".

  Toda duda es herejía.  Como colofón a este método añadiría yo:  "¡¡Prohibido terminantemente pensar!!"

  Hasta el próximo material.  FT.
    

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